Biografía de Guillermo Rovirosa

GUILLERMO ROVIROSA ALBET nace en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) el 4 de agosto de 1897 en una familia de religiosidad tradicional. Pierde a su padre a la edad de 9 años y a su madre cumplidos los 18. Es el momento en que rompe con la vida cristiana. Ingresa en la Universidad Industrial de Barcelona donde se especializa en Dirección de Industrias Eléctricas y de Mecánica Aplicada. Ejerce su profesión en Barcelona. Vive un tiempo de desorientación y de búsqueda de la  verdad en las filosofías y corrientes religiosas del momento, reafirmándose en que sólo en la ciencia se halla la verdad que el hombre puede comprender. En 1952 se casa con Catalina Canals, mujer de honda religiosidad. Se traslada a París. Son estos años de incredulidad y escepticismo, en los que su fuerte personalidad y su gran capacidad intelectual se estrellan en la insuficiencia de lo que se le presenta como clave de respuesta.

 

    Un suceso marcará su vida. En mayo de 1932 pasa casualmente por delante de la Parroquia de San José, donde el Cardenal de París, Monseñor Verdier, está predicando. Movido por la curiosidad se acerca a verle. Y oye que está diciendo: "El cristiano es un especialista en Cristo..., el mejor cristiano es el que más sabe de teoría y práctica de Jesús". Esta afirmación tocó su corazón y se le impuso la evidencia de que él no conocía a Cristo. Su honestidad le hacía ver que estaba negando lo que no conocía realmente. Y comienza desde ese momento un proceso de búsqueda de la verdad de Jesús que le llevará a conocerlo y admirarlo como hombre, y más tarde, ayudado por el padre Fariña, agustino en El Escorial, a aceptarlo como redentor en la Navidad de 1933; hará entonces con clara conciencia su "segunda Primera Comunión".

 

    Comienza aquí una etapa de vivencia cristiana apasionada, caracterizada por la austeridad, la exigencia de perfección y la entrega apostólica. Su esposa, que largamente había pedido a Dios la conversión de su marido, ha acompañado su camino de reincorporación a la fe de la Iglesia. Ahora los dos hacen lo que llamarán el "pacto tripartito" con Dios, según el cual ellos, que no tenían hijos, se comprometen a dedicar al trabajo apostólico todo su tiempo, su profesión y su vida matrimonial y a Dios le pedían que dispusiera las cosas de modo que ellos cubrieran sus necesidades viviendo pobremente.

 

    Se queda a trabajar en Madrid y se entrega con entusiasmo a la lectura de las grandes obras de la teología y espiritualidad cristianas; una primera aproximación a cursos de enseñanza social de la Iglesia le defrauda profundamente por su enfoque paternalista y desconocedor de la dignidad obrera. Allí le sorprende la guerra civil; es nombrado presidente del comité Obrero de su empresa. Organiza una "capilla clandestina" en su casa, donde diariamente se celebra misa. En los sótanos de su vivienda se halla la biblioteca de la institución de los jesuitas "Fomento Social". Esto le pondrá en contacto con la Doctrina Social de la Iglesia, lo que le ayudará a organizar su pensamiento y sus planteamientos sociales con rigor, y a descubrir y valorar definitivamente el apostolado obrero, lo que él llamará su "segunda conversión". Terminada la guerra, bajo la acusación de haber sido presidente del Comité Obrero de su empresa, es condenado a 12 años de cárcel. Sólo cumplirá uno, y diez meses de éste saliendo a trabajar durante el día al Instituto Llorente.

 

    A finales de 1940 se incorpora a la Acción Católica. Le buscan para que forme parte del Consejo Diocesano de de Madrid.  Hace los tres cursos del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior. Va transformando la vocalía social diocesana en un auténtico Secretariado Social, tras su sueño de devolver a Cristo a los pobres, al mundo obrero.

 

    En mayo de 1946, la Junta de Metropolitanos de España acordó la fundación de la Hermandad Obrera de Acción Católica como movimiento especializado para los obreros adultos, dentro de la Acción Católica. El Consejo Nacional de los Hombres de AC se dirige al Consejo Diocesano de Madrid y encarga a Guillermo Rovirosa la tarea de organizar y poner en marcha la HOAC. Este entiende que Dios ha aceptado el compromiso de su conversión, de dedicarse por entero al apostolado en el mundo del trabajo y de vivir como un obrero pobre. En lo sucesivo, lleno de gozo, se entrega a esta empresa. Deja su puesto en el Instituto Llorente y marcha a Montserrat donde trabajará como obrero técnico y orará y reflexionará su nueva tarea. (El Monasterio será siempre un referente al que volverá una y otra vez para recuperarse y escribir). Visita todas las diócesis de España, publica la hoja "HOAC", preparando la Primera Semana de la HOAC, que en el mes de septiembre reúne a más de 300 obreros y significa el comienzo de la Acción Católica Obrera de España.

 

    En esta Primera Semana se aprueba la publicación de un semanario obrero. Rovirosa se encarga de sacarlo adelante y el 1 de diciembre de 1946 sale a la calle el "¡TÚ!", periódico que llegará a editar hasta 43.000 ejemplares en unos años en que la prensa estaba férreamente controlada y la mentalidad imperante en absoluto era propicia a los planteamientos que en él se hacían. Porque el contenido y el mensaje de la publicación, transmitiendo criterios evangélicos en una realidad obrera sangrante, con un tono realista y enérgico, no dejaba indiferente a nadie. Esto provocó que en 1952 fuera definitivamente prohibido por la autoridad civil. Este semanario, de amplia difusión, así como el "Boletín de la HOAC" -durante años obra en gran parte de Rovirosa-, dirigido a los militantes, aciertan a transmitir el conocimiento del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia despertando las conciencias y presentando la verdad transformadora de Jesucristo y de su Espíritu como salvación en la vida real de las personas y de la sociedad.

 

    Un episodio ciertamente doloroso sucede entonces. Su esposa, que había estado siempre a su lado en el camino hacia la fe, en su alegría de conversos y en sus proyectos de apostolado, pensando que su presencia podría restar algo de la dedicación de su marido a la tarea que dios le confiaba como apóstol obrero, decide dejarle totalmente libre. Cuando Rovirosa vuelve de la Segunda Semana Nacional, en 1947, Catalina Canals desaparece dejando esta nota: "parto para que puedas seguir libremente tus caminos; no me busques; que Dios te bendiga como yo te bendigo". En la mente de todos los que les han conocido está el convencimiento de que ha ingresado en algún convento de clausura, quizá en Francia. Pese a haberlo intentado, no se ha vuelta a tener noticia de ella. El propio Guillermo Rovirosa vivirá con gran dolor este hecho y en adelante su dedicación apostólica incluirá también este matiz de fidelidad a su esposa.

 

    Su gran obra, la HOAC, crece y se extiende. Diseña planes y métodos de formación: cursillos nocturnos, semanas de estudio, "Plan Cíclico" de formación cristiana, grupos obreros de estudios sociales (GOES), partiendo de la realidad vivida, analizándola con la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, volviendo a ella para transformarla según el proyecto de Dios. Asume los valores, los anhelos y realizaciones del movimiento obrero que no son incompatibles con la fe cristiana. Se hace presente en todas las diócesis, con su palabra directa, incisiva, evangélica, transmisora de una experiencia vital que contagia. Su conocimiento bíblico y teológico es serio y su espiritualidad muy honda. Todo ello queda reflejado en los contenidos de sus escritos y de sus charlas: el amor y la misericordia de Dios demostrados en Jesús que provocan nuestra respuesta agradecida, el bautismo y la santidad vivida en el trabajo de cada día, la vida trinitaria y la llamada a la comunión que implica, la pobreza y la debilidad como signos donde la fuerza de Dios se manifiesta, la humildad, la pobreza y el sacrificio como virtudes del militante cristiano... son temas recurrentes que Rovirosa vive y plantea.

 

    Como buen discípulo de Cristo, también él será signo de contradicción. Su trabajo evangelizador entre los obreros pone en evidencia las incoherencias de muchas actitudes supuestamente cristianas y las contradicciones de un sistema que se pretendía cercano a la Iglesia. Es objeto de sospecha y de calumnia, hasta el punto que la Jerarquía eclesiástica lo aleja de los puestos directivos de la HOAC. Guillermo Rovirosa, desde su conversión, vive su pertenencia a la Iglesia con inmenso amor y agradecimiento, pues se sabe traidor perdonado; su aprecio y defensa del Papa y de los obispos es sincero y notorio. Con la misma docilidad que aceptó entonces -mayo de 1946- el encargo que se le hizo de organizar la HOAC, acepta ahora -mayo de 1957- la decisión que se le impone de dejar el servicio que prestaba en ella. Fue una lección más de su talante eclesial, que él vivió con una gran paz.

 

    Poco después, en un accidente de tranvía pierde el pie izquierdo; supone para él una experiencia de dolor físico y de limitación que evoca y le une a la cruz de Jesús. En adelante Rovirosa hará largas estancias en Montserrat, donde alternará trabajos técnicos de electricidad con la oración, reflexión, el diálogo con los monjes, la colaboración en el "Boletín de la HOAC" y una amplia correspondencia con militantes y amigos. Será éste un tiempo muy fecundo. De profundización espiritual y de avance en su pensamiento tal como queda reflejado en sus obras escritas entonces ("La virtud de escuchar", "Dimas", "Judas", "Cooperatismo integral", "¿De quién es la empresa?").

 

    El 27 de febrero de 1964, tras sufrir una embolia cerebral en su casa de Madrid, fallece en el Hospital Clínico madrileño. Por entonces el Concilio Vaticano II trataba de describir el cristiano de los tiempos nuevos. Guillermo Rovirosa presentaba justamente el perfil de cristiano laico adulto, testigo auténtico de la fe en el mundo actual, que el Concilio diseñaba. Un regalo de Dios a su Iglesia.

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